El Runnnig Man de Edgar Wright

La nueva The Running Man (2025) de Edgar Wright intenta caminar por una camino bastante estrecho: por un lado, los fans de la película protagonizada por Arnold Schwarzenegger, esa pieza gloriosamente cutre, cargada de músculos, oneliners imposibles y un sci-fi cursi tan propio de los 80, miran esa joyita de videoclub con nostalgia, y por otro lado están quienes siempre quisieron ver una adaptación más fiel del libro de Stephen King. Wright intenta navegar entre esas dos corrientes, dando un resultado, ante todo, tremendamente entretenido.




Lo primero que sorprende es el cariño con el que se trata al material original. Sin “deconstrucción irónica”: hay un intento genuino de actualizar la premisa ochentera sin perder su alma, sin olvidar su corazón, pero tomando decisiones de actualización que funcionan bastante bien. La distopía televisiva se siente más cercana a nuestra época de reality shows extremos, plataformas hambrientas de contenido y audiencias dispuestas a ver cualquier cosa mientras sea espectacular. Wright mueve la aguja hacia ese lado y lo hace sin subrayar el sermón ni meterte la cuchara en la boca a regañadientes… al menos durante la mayoría del metraje.

Glen Powell es la piedra angular del proyecto, y aunque jamás será lo que era Arnold en los 80 (imposible, pero es que nadie lo es, ni siquiera Arnold hoy), aprovecha sus herramientas: encanto, vulnerabilidad y una presencia física creíble. El Ben Richards de Powell es un tipo común pero enojado, muy enojado, que se ve obligado a transformarse en gladiador moderno por desesperación. Esa motivación, salvar a su hija gravemente enferma y salvar a su familia de la marginalidad, le añade una capa emocional al personaje que la versión del 87 nunca pretendió alcanzar. Y logra además comienza a deslizar un comentario mordaz sobre el sistema de salud norteamericano.

La estructura del show mortal, con un premio de mil millones para quien sobreviva un mes, permite a Wright desplegar un desfile de secundarios con distintos niveles de éxito. Josh Brolin interpreta a un ejecutivo sin escrúpulos que a veces asusta y a veces parece ridículo. Colman Domingo crea a un animador que se roba cada escena en la que aparece con un carisma a prueba de todo. Hay cameos que funcionan como pequeñas píldoras de energía, y uno de los mejores segmentos involucra a Michael Cera, que tienen una química que se siente muy “Edgar Wright”.

Donde la película encuentra su talón de Aquiles es en su comentario político. Wright se compromete de verdad a conservar el mensaje del libro y a dialogar con lo que la cinta de 1987 insinuaba en imágenes. Durante casi toda la película lo hace con más sutileza, dejando que el espectador conecte los hilos. Pero en el último tercio de la película aprieta demasiado el gatillo: subraya el mensaje, lo recalca, lo remarca… y ahí se pierde un poco el encanto. Esa necesidad de subrayarlo tanto le quita algo de elegancia al cierre. Como en varias de sus últimas películas, aquí volvemos a extrañar un plumazo de Simon Pegg acompañando en el guión.

Aun así, The Running Man es un festín. No es una obra maestra, pero sí un pedazo de cine de acción con identidad, con energía y con un sentido del espectáculo que se agradece. Te deja con la sensación de que la película no es tan buena como lo bien que lo pasas viéndola, y eso no es nada fácil de lograr. A veces basta con eso: pasar un muy buen rato mientras ves a Edgar Wright jugar en una cancha donde nunca lo habíamos visto.


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